martes 12 de agosto de 2008

Respuesta a Lianan

Bueno, verás, este tipo de anécdotas en el momento en que suceden pueden provocar vergüenza, hilaridad, bochorno... etc pero desde luego, a partir del instante en que se cuentan, incluso al poco de ocurrir, ya son vivencias simpáticas a recordar. Existen otras a las que no denominaría anécdota y que realmente resultan desagradables. Pero están ahí, engrosando la experiencia de cada cual y, normalmente, generando algún tipo de desenlace aleccionador para uno mismo.
Eran las seis de la mañana y salí a la calle a sacar a mi perra para que hiciera sus cosas. Giré la esquina, avancé unos metros y crucé la avenida para meterme en un descampado. Todos estos pasos estaban tan calculados y yo vivía en una zona tan tranquila y sin tráfico que nunca le ponía el arnés a la perra, nos bastaba con la correa. Después de pasar por encima del bordillo, que era lo que delimitaba el terreno, siempre me quedaba parada, dejando la correa larga y permitiendo a Via trotar a mi alrededor. Ese día no sé por qué, me moví, y tanto fue así que perdí la referencia del bordillo. Ignoro cuánto rato duró aquella situación pero imaginaos, teniendo la certeza de que el bordillo y por tanto la avenida no podían estar muy lejos, vagué un buen rato totalmente perdida, sin encontrarlo, dando vueltas, no sabía si me adentraba en el descampado, si iba en paralelo a la calle... La perra no obedecía, no estaba trabajando y andaba a su bola, igual de desconcertada que yo. Estar totalmente desorientada a pocos metros cerca de casa y no sólo eso, sino tan cerca de la calle que debía cruzar, me produjo tal impotencia que habría llorado. Al final se impuso el sentido común: detente, escucha... se oye el tránsito de la autopista y tú sabes dónde queda la autopista... y el viento mueve las hojas de la palmera del jardín de tu vecino que asoman a la acera... La autopista a tu derecha, la palmera enfrente... Sitúate... Al momento. El mal rato había terminado. Moraleja: Escucha y ubícate antes de comenzar a moverte sin ton ni son.

Claro, si toco tu cara además de hacerme una idea de cómo eres, sabré qué tacto tiene tu piel, si tienes o no granos etc. (aunque vamos, estamos hablando de una ligera pasada por tu rostro, no de una disección táctil). Es algo que yo no suelo hacer a no ser que sea con personas íntimas, me da corte y sé que a la mayoría de los videntes también les pasa algo parecido. A mí sí me sirve para formarme una imagen, si lo hago, y también me sirve que me digan el color de ojos, de pelo... Es muy posible que esa imagen que yo me forje no se corresponda al cien por cien con tu verdadera imagen pero estoy segura de que tampoco será totalmente descabellada. Eso sí, si quedamos, ya me buscarás tú... de otro modo igual nos dan las uvas del siguiente año J

domingo 10 de agosto de 2008

Pinceladas

Hace mucho que no escribo nada pero es que como en todo en esta vida, los reveses roban o merman la inspiración. Sin embargo, viendo que seguís leyendo, que os interesáis por el blog y formuláis vuestras dudas, como mínimo daré señales de estar existiendo, y principalmente para agradeceros vuestro estar ahí y vuestro deseo de seguir leyendo.
No puedo por menos que sonreír cuando leo los comentarios de Fingiro, me encanta que plantees las cosas con esta naturalidad según te surgen, es refrescante y anima. Verás, más que impedir un tacto normalizado, la piel arrugada después de los ratos en agua, lo que provoca es un tacto desagradable. Supongo que es algo así como tener las gafas sucias, no te impiden ver pero lo que ves está un poco feo y distorsionado. Si después de la ducha tuviera que ponerme a leer braille, por ejemplo, es muy posible que desistiera porque resultaría... aaargh, bueno, un poco angustioso hacerlo con el tacto arrugado y además es muy probable que la sensibilidad aumentara para las sensaciones desagradables. Pero es algo que no suele darse y la piel vuelve rápidamente a sunormalidad por lo que nunca va a suponer un problema.

Ya que hace tanto que no nos vemos, voy a dejaros un par de anécdotas... no pretendo que Lianan se caiga de la silla pero si os hago reír, ¿qué mejor?
Estava realizando un curso de mandos intermedios en la empresa y llegada la hora del descanso, salí a la calle con un amigo para estirar las piernas y tomar un poco el aire. En el chaflán más próximo al edificio en el que se impartían las clases había una charcutería y al pasar por allí... hum, olorcito rico de jamón pata negra, choricito ibérico... Claro que no eran horas de comer de eso pero a los dos nos pareció apetecible la idea de tomar unos chicharrones según paseábamos. Así que allá que vamos, bastón buscando la entrada... Sí, por aquí, Jaume, sígueme, un escaloncito... la puerta... Sí, por aquí, se oye la máquina de cortar el embutido..., excelente referencia. Entremos. Marta que frunce la nariz... Y en un susurro.: “Olía mejor desde fuera, ¿no? Parece que huele a...”. Avanzamos en busca del mostrador: “Buenos días, vosotros diréis”. “Pues 100 gramos de chicharrones, en una bolsita por favor, para comer ahora”... Dios, a veces sería genial ver la cara de la gente en estas circunstancias... “Eeehm... esto... es que esto es una ferretería...” ¿La máquina que se oía era la de hacer llaves!

Vamos a tomar algo, me han dicho que en esta esquina hay una cafetería. Sí, por aquí parece que es... Abrimos la puerta, oh, debe de haberse inaugurado hace muy poco, huele a madera nueva... Bueno, como no viene nadie, busquemos donde apalancarnos... Ostras, menudo sofá, qué pasada... Nos sentamos, ya vendrán. Pero está muy vacía, ¿no? ¿Seguro que esto es una cafetería? Hum, pues ahora que lo dices... “¿Buenas tardes, en qué puedo ayudaros?” Yo quiero un café con hielo... Y yo una Coca-cola...Un momento de pasmo infinito... silencio apabullante... “Bueno, no disponemos de este servicio para los clientes...”. Estupor... La dependienta que reacciona... “esto es una tienda de muebles, ¿eh?”

miércoles 9 de julio de 2008

Respuesta a Fingiro

Vamos allá con las respuestas que además darán pie a otros comentarios y reflexiones.
La peluquería, la imagen propia en general... La parte física de este tema, por decirlo de alguna manera, la solvento yo misma con el tacto, pero siempre queda un poco coja sin la intervención de otra persona. Me explico. Cuando han terminado de cortarme el pelo, o rizármelo, o peinármelo, yo sé al tacto si es lo que quería o no: Si pedí un largo determinado y me lo han dejado más corto o, eso se toca; o si el rizo es mucho más pequeño y apretado de lo que deseaba; o si se han pasado recortando flequillo; o si me han dejado puntas sobresaliendo de la nueva medida. Todo esto es visible al tacto. Y es entonces donde puede surgir el conflicto:
Puede que a mí me guste pero que al volver de la peluquería, la persona en cuyo criterio confío y que habitualmente me sirve de referencia sincera, me diga: “Ese corte no te queda bien” o “ese peinado no te favorece nada”. Cada individuo se enfrenta a esto de una manera diferente.
Hay invidentes con gran personalidad y criterios muy definidos. Están aquellos a los que no importa para nada la opinión de un vidente y que consideran que si han decidido que algo les gusta, ninguna intervención externa interfiere. He conocido ciegos a quienes por ejemplo todo el mundo les dice que su forma de vestir está completamente desfasada, o que las gafas que usan les sientan horriblemente mal, o que los zapatos se ven totalmente gastados. Y les da igual. A ellos les gusta y no varían en un ápice ni su vestuario, ni sus gafas ni su calzado.
Hay otros que se tambalean. Si un corte de pelo me gusta pero me dicen que no me queda bien, seguramente la próxima vez que vaya a la peluquería buscaré otra opción sin salirme demasiado de mi gusto original. O si voy de compras con alguien y unos zapatos me gustan pero mi acompañante me dice que a la vista son muy feos, es muy seguro que no los compre. También sucede al revés, si a ellos les gusta y a mí no, porque el tacto es desagradable, porque la forma me resulta fea; si la blusa que me pruebo les encanta pero el tejido no me entra por los dedos o los botones me parecen demasiado extravagantes. Por ahí no paso.
Y finalmente están los indecisos acérrimos, aquellos que por la cuestión que sea no tienen criterio, no saben o no han podido forjarse uno. Son los que podrían cambiar de ropa cuatro veces si cuatro personas les dijeran en la misma mañana que lo que visten no les queda bien.

En cuanto a fiarme de los demás, como he dicho siempre existe la figura de la persona en cuyo criterio confías plenamente, puede ser una madre, una amiga, una hermana, tu pareja... Esto como casi todo es relativo, y cuando se trata de aconsejar a un invidente no estamos hablando de algo subjetivo. No me vale que alguien a quien consulte me diga que le gusta o que no le gusta. Si llevo demasiado carmín debería decirme “te has pasado con el lápiz de labios” o “ese color se da de tortas con el vestido”,. Comprendo que no es algo fácil. Pero no se le hace ningún favor a un ciego omitiendo información sobre su apariencia sólo por no molestar. Yo prefiero que me digan te has pintado fatal, o llevas un calcetín de cada color, o la falda está manchada, a salir a la calle exhibiendo algo incorrecto que podría haber evitado.
Una vez una amiga que se dirigía a una reunión no recuerdo de qué en otra ciudad distinta de la suya y que viajaba en tren, procedió a asearse un poco con una toallita de esas refrescantes antes de abandonar el vagón. Llegó a su destino, la acompañaron hasta un taxi, alguien la encaminó hacia el edificio... Nadie nadie le dijo que llevaba la cara, el cuello y las manos completamente tintados. La toallita no era de las refrescantes sino que era de yodo antiséptico.
Cuando nacieron mis hijos le dije a mi madre: “No se te ocurra decir queeeé mono, qué bebé tan guapo si es feo, dime la verdad”.

Si demasiadas veces me dices lo que crees que yo quiero escuchar, acabaré por no poder confiar en ti. Si me dices la verdad, a lo mejor en algún momento tendré deseos de morderte una oreja, pero te lo agradeceré siempre.+

martes 8 de julio de 2008

Tercer grado

Cuando comencé a detectar que algunos compañeritos de mis hijos se burlaban de ellos porque tenían una madre ciega, me reuní con las maestras y acordamos realizar un encuentro entre los alumnos y yo. Los niños a menudo son crueles y este tipo de situaciones hay que enfrentarlas a tiempo para que los afectados no sufran más de lo necesario. Durante tres o cuatro años (cada vez por causa de alguno de mis dos hijos) en la escuela montaron estos encuentros que preparaban en el aula como un trabajo más.
El día señalado acudía cargada con todo tipo de artilugios para que los vieran, usaran y manosearan: el bastón, un reloj, cuentos mixtos en braille, en tinta y con dibujos en relieve, mi portátil con su programa de voz, el detector de luz y el de colores... y un largo etcétera. Antes de permitirles que se lanzaran sobre todo esto, procedían de manera ordenada y metódica a formularme las preguntas que habían estado preparando durante varios días. Sin censura, sin tapujos.
Si los adultos tuvieran siquiera la mitad de valentía para realizar preguntas y plantear dudas, seguramente el entendimiento y el conocimiento de la ceguera serían mucho más profundos.

¿Cómo haces para vestirte? (Y les pones deberes para que al día siguiente se vistan sin encender la luz indicándoles algunos truquillos –entusiasmo general-).
¿Cómo haces para caminar? (Les dejas el bastón y con los ojos cerrados se mueven en la clase lanzando gritos de júbilo si detectan a tiempo una mesa).
¿Cómo haces para conducir? (Esto... ejem..., hay cosas que no se pueden hacer, pero cuando era niña me sentaba en el asiento del copiloto y me ocupaba del cambio de marchas sin que mi padre tuviera que indicarme cuál poner en cada caso).
¿Y si quieres comerte una ciruela y es un albaricoque? (Bueno, vamos a ver si al tacto confundimos una pelota de tenis con una de ping pong, que es lo que tenemos a mano).
¿Y sy el brik es de zumo y no de leche? (aaagh, alguna vez me he preparado un café con zumo, realmente asqueroso... pero eso es culpa mía, por no oler antes el contenido en caso de que los briks sean iguales).
¿Cómo haces para subir a las atracciones? (hum, está bien que den por sentado que monto en ellas... Pues nada, a estos sitios siempre vas con otras personas y es lo mismo subirse a una atracción que a un coche... Claro que... quizá la diferencia es que cuando algunas de ellas se detienen –como el Dragon Khan-, la falta de referencia visual unida al mareo te dejan tan KO que por un momento no sabes dónde tienes los pies y dónde la cabeza y te es imposible levantarte).
¿No te quemas cuando cocinas? (ehm, sí, cocino, aunque no me gusta nada. Y nunca me he quemado más que con salpicaduras de aceite como todo hijo de vecino. Siempre colocas las sartenes o cazuelas en su lugar antes de encender el fuego. Después, la fuente de calor que irradia la llama y el vapor de lo que se cocina es suficiente para orientarte sobre los recipientes sin meter la mano donde no debes y también los utensilios como cucharas de palo sirven para ubicarte bien sobre los fogones).
¿No te maquillas porque no ves? (no me maquillo porque no me gusta, no sé si es porque no veo, en todo caso podría hacerlo si quisiera, muchas mujeres ciegas lo hacen. Prefiero llevar la cara limpia y como mucho, un poco de lápiz de labios, nada más).
¿Cómo limpias tu casa? (Vaya, veamos..., trapo para el polvo, mocho, escoba, aspirador, limpia muebles, multiusos, jabón para los baños... Igual que lo hace tu mamá. El tacto en este caso actúa casi tan bien como la vista. Aaaah, ups, bueno, esta figurita de porcelana no estaba aquí... algún niño la ha cambiado de sitio... y has salido volando porque confiaba en que este tramo de estantería estaba vacío... Nada, a recoger pedacitos...).
¿Cómo sabes si eres guapa o fea? (huum... a ver, ¿soy guapa o fea? Sin miedo. Contestan casi todos, a gritos... Pues así, así lo sé. Maadre mía).

Podría seguir pues la batería de preguntas alcanza para rellenar dos horas pero para muestra un botón. Después de estos encuentros, ninguno de los alumnos asistentes ha vuelto a burlarse de la madre ciega de sus compañeros.
A veces por la calle me cruzo con un niño y su madre: “¿Es ciega? ¿Qué es ese palo?”, pregunta el niño. No todas, pero muchas madres (o padres) se sobresaltan y obligan a callar a su hijo. Es un error. Dejad que los niños pregunten, sepan y aprendan, ser ciego no es un tema tabú que no se pueda tratar. Y preguntad vosotros también, sed un poco niños.

viernes 4 de julio de 2008

Ver y mirar

Las personas videntes suelen hacerse un poco de lío con los verbos. Algunas porque en un principio no saben muy bien cómo decirlo, por temor a meter la pata. Otras lo hacen de modo totalmente natural: si fulanito es ciego, no ve ni mira, sino que toca o escucha, o simplemente oye.
La cuestión va algo más allá de la pura semántica. La mayoría de los ciegos adoptamos sin problema (y no sólo eso sino que nos gusta así) los verbos ver y mirar. No puedo hablar exactamente de aquellos que lo son desde el nacimiento porque ese es un terreno que incluso para mí misma resulta un poco desconocido. Por tanto, como siempre, hablaré de mí sentir y de mi experiencia.
En los dedos y los oídos tengo un procesador que transforma lo que toco y escucho en imágenes que se alojan directa y simultáneamente en el cerebro en movimiento y color. Yo veo televisión, veo la prenda de ropa que quiero comprar, miro un paisaje o un dibujo de mi hijo pequeño. Es más, veo el libro que estoy leyendo y tanto es así que después de algunos años de haberlo leído y en el supuesto de que de dicho libro en su día se hiciera una película, puedo llegar a no saber si lo leí o bien vi dicha película antes de quedarme ciega.
El haber perdido la vista a los 11 años me ha permitido conservar un archivo completo de imágenes, colores, perspectivas, medidas, profundidades. Si hay algo que nunca vi (no se me ocurre, un misil por ejemplo), basta con localizar un juguete que lo represente y enseguida me hago a la idea, dándole de inmediato las medidas reales que pueda tener.
Las imágenes son parte integrante de mi esencia aun sin ver. Cuando mis hijos eran pequeños, dibujaba cosas para ellos: se trataba simplemente de colocar un papel sobre una superficie un poco blanda (el grueso mismo de una libreta) y apretar ligeramente con el lápiz a fin de que las líneas fueran visibles al tacto. Y bueno, no debía hacerlo tan mal porque siempre sabían lo que había dibujado.
También tengo cierta memoria fotográfica, o visual. Retengo mejor, por ejemplo, cómo se escribe una palabra si la veo escrita en braille que si la escucho con un sintetizador de voz.
Aaaah, y sueño, veo en sueños, sueño en imágenes y colores, todas las personas tienen cara en mis sueños, sean anteriores o posteriores a haberme quedado ciega.
Recuerdo con nitidez paisajes, animales, puestas de sol espectaculares, dibujitos de TV, edificios, tanto por fuera como por dentro. Los rostros de familiares, amigos, de mis seres más queridos y próximos son en mi mente una especie de fotografía emborronada por el paso del tiempo. Parece que a poco de quedarme ciega tenía tan claro que guardaría por siempre esas fisonomías en mi recuerdo que le dije a mi madre: “bueno, me encargaré de colocarte una arruguita cada año”. No puedo estar segura al cien por cien, claro está, pero creo que si de repente recuperara la vista, sería capaz de identificar a las personas que formaron parte de mi entorno más cercano mientras vi, sin mediar su voz de por medio; incluso juraría que podría reconocer a mis hijos.
Luego está como en tantas cosas, el “trabajo en equipo”, digamos la simbiosis entre ciego y vidente. Hay videntes que tienen un arte especial para retransmitir imágenes y otros que hacen lo que buenamente pueden. Están los realistas, los poéticos, los sensacionalistas, los sentimentales, los escuetos, los empíricos, los repetitivos. Veamos un ejemplo de cada uno, por supuesto, con todo cariño y sin acritud, porque todo el mundo hace las cosas lo mejor que sabe y sólo el esfuerzo o la intención o el deseo de comunicar lo que sea al invidente ya son válidos.

DE VISITA EN UN PARQUE PUBLICO

El realista: Está todo verde, hay pinos, rosas en unos parterres, bancos de madera y un estanque con patos (información concisa, sabes exactamente qué hay en este lugar).
El poético: Es como una acuarela llena de colorido con la luz bañando los rincones y arrancando destellos del agua (deduces que el lugar es precioso pero no tienes ni idea de lo que te rodea).
El sensacionalista: Halaaa, qué pasada, ¡es enorme, y qué bonito! Coooómo mola (ehm sí, muy guai pero, ¿qué tenemos por aquí?).
El sentimental: Este sitio me produce nostalgia, me recuerda al jardín de la casa de mis abuelos... lo pasé tan bien allí cuando era pequeño... (sí, suele pasar, es lo que tienen los recuerdos pero, ¿me cuentas algo más?).
El escueto: Hay árboles, flores y animales (aaah, perfecto, pero, ¿qué tipo de árboles, flores y animales?).
El empírico: Esto pincha, el agua está fría, la resina es pegajosa, los patos pican (aaauuu, sí, ya veo, rosales... que está fría ya lo noto, sí, aagh, ahora dónde me limpio la mano... Aaauch, no graznaban, podías haberme dicho que había patos antes de meter la mano).
El repetitivo: Hay árboles, pinos, flores, rosas, hierba verde, un estanque con agua y patos en el agua, y el agua está limpia, los patos entran y salen del agua, hay bancos, los bancos están a tope, los bancos son de madera, los pinos son muy altos, hay hierba, la hierba es césped... (eeeh, sí, genial, ¿vamos a tumbarnos en algún sitio y a gozar del silencio? Me duele un poco la cabeza).

viernes 27 de junio de 2008

Esquiando...

Cuando me propusieron por primera vez una salida para ir a esquiar, sinceramente no lo pensé dos veces, pero he de reconocer que no tenía ni idea de cómo iba a resultar. Se trataba de una estancia de cuatro días en una estación de esquí nórdico (esquí de fondo) organizada por la ONCE. Tuve que alquilar todo el material porque yo jamás había esquiado y no tenía absolutamente nada, sólo un mono de mi hermana que usaba ella para el esquí de pista con el que casi me muero de calor el primer día. Uf, jamás habría dicho que pudiera estarse en la nieve en manga corta y aún así sudar la gota gorda.
Bueno, el primer contacto con el medio encima de unos esquís estrechos y largos como palillos fue toda una aventura. De repente ya no son tus pies los que dominan la situación. Los pies en contacto con el suelo son los que ven pero una vez les colocas las botas y los anclas a las fijaciones, pierden referencias y han de comprender que en lugar de unos centímetros, miden dos metros. Mmmm, así que nada, empleas un buen rato en procurar no pisarte las espátulas, o las colas, en no hacerte los esquís un lío y acabar en el suelo. Porque claro, el suelo no se está quieto, resbala, se mueve debajo de ti y se te escapa a la que te descuidas.
Bien, cuando por fin consigues que los esquís se mantengan en paralelo y te hagan caso, ayudada por los bastones que no sólo sirven para impulsarte sino que actúan como dedos reconociendo el terreno, llega el momento de ponerse en marcha. Aquí entra en juego la figura del guía, el piloto, la persona que esquiará contigo. ¿Y cómo se hace? Hay que diferenciar entre el esquí de pista o alpino y el nórdico, la tarea del guía varía sensiblemente en cuanto a técnica. Yo siempre practiqué el de fondo y aunque también probé el alpino y sé cómo trabajan los pilotos, me limitaré a explicarte lo que mejor conozco.
Los circuitos de fondo están trazados, es decir, existen en ellos una especie de vías, dos surcos paralelos y continuos en el suelo en los que se colocan los esquís y que te encarrilan. En las curvas casi siempre están desdibujados pero este sistema ya de por sí es una guía inmejorable que prácticamente nos permitiría esquiar sin piloto. Éste puede esquiar delante de ti, detrás o incluso a tu lado si el circuito lo permite. Su misión es anticiparte ciertos cambios, giros bruscos, dirección de los mismos, cambios de rasante, presencia de otros esquiadores obstaculizando el paso. Lo hace, por supuesto, mediante la voz, dando información breve, clara y concisa. Si tienes la suerte de contar siempre con el mismo guía, llega a establecerse un código de comunicación que reduce la información a señales que no necesitan de mayores esfuerzos para ser descifradas. La velocidad que se adquiere a menudo es realmente considerable y se hace preciso que dicha comunicación sea fluida y exacta a fin de evitar accidentes.
Existen circuitos con tramos complicados en que la técnica se hace tan necesaria que la concentración para ejecutarla impide incluso disfrutar del entorno. Pero en esos mismos o en otros, el placer de esquiar unido al goce de los alrededores es soberbio. Pongamos que la nieve es polvo (la helada suele hacer del circuito una pequeña pesadilla que no da lugar a evasiones), el día claro, diáfano, no importa si hace frió, enseguida puedes desprenderte de la ropa más gruesa. Sientes el crujido bajo los esquís, el sonido del roce al deslizarse que se asemeja al de un avión despegando si alcanzas gran velocidad. El viento entre los abetos, silbando en tus oídos. Al llegar a la altura máxima de uno de estos circuitos, te sientas en una roca y... es increíble el sonido del silencio, es como estar dentro de una campana, la calma absoluta. Y delante el cortafuegos, varios centenares de metros montaña abajo, una pala recta, sin obstáculos, sin trazas... Esquís en paralelo, a huevo... ¿Puedes imaginarte la sensación de libertad al dejarte llevar por la gravedad, la inercia, cada vez a más velocidad, tú y la nieve bajo tus pies? Esquiar mientras nieva es otra experiencia inolvidable: el sonido se acolcha entre copos y su percepción se modifica y a veces distorsiona y lo mismo puede producir inseguridad como todo lo contrario, porque realmente parece que estés envuelta en algodones y que por tanto nada vaya a poder lastimarte.
He conocido varios circuitos: Baqueira, Tuixent, otros tantos en Catalunya, Sierra Nevada, circuitos en los Alpes franceses, en Andorra. Todos ellos tienen algo que los hace especiales, un recodo, un paraje, una recta vertiginosa, una dificultad que te enorgullece superar, una anécdota para recordar, un campeonato ganado.
Y también los pilotos dejan su huella y como en todo, los hay mejores y peores. El alocado que no teme a nada y que te mete por todos lados, confiando en tus posibilidades, animándote a enfrentar dificultades y peligros con un grito de guerra. El prudente, que no abandona la traza ni que lo maten y busca siempre el camino más fácil. El que por despistado roza casi la negligencia. Guardo recuerdo de anécdotas con cada uno. Una travesía fuera de pistas magistralmente guiada entre árboles con el primero de ellos para caer rendidos en un agujero de mas de un metro de nieve polvo riendo y hundidos hasta la cintura. El aburrimiento de ir y volver constantemente por el mismo tramo de circuito hasta un decir, “mira, ¿sabes? Acompáñame a la cafetería que creo que tomar una taza de chocolate caliente será una aventura más apasionante,” con el segundo. Y un confiar que tu piloto está cerca, vigilándote, controlando, cuando te dejas caer por una pendiente pronunciada y al llegar abajo y frenar, te das cuenta de que estás sola, que te has salido del circuito y que el tercero de los ejemplares ha seguido adelante sin ti (gracias abeto por estar un poco más a la derecha de mi trayectoria).
Hace muchos años que no esquío pero mientras practiqué este deporte disfruté muchísimo... ah, y nunca me hice daño.

lunes 23 de junio de 2008

Mi amiga del instituto

Hace unos días una persona que lee mi blog me pidió que contara algo acerca de la única amiga que conservo tras mi paso por el instituto.
Se llama como yo y nos conocimos en el primer curso aunque nuestra amistad realmente se fraguó a partir del tercero. He de reconocer que al principio no conectaba con ella. Marta vivía en el mismo pueblo que yo y era una de las que me acompañaba de la parada del autobús al instituto y viceversa. Tiene una voz peculiar, bastante aguda, cuyos registros son imposibles de pasar por alto y que a mi oído resultaban difíciles de asimilar (perdona Marta si me lees, sólo fueron unos meses, ¡no te molestes!). Además, siempre fue muy despistada, atolondrada, sus movimientos eran rápidos, con gran balanceo de adelante a atrás del brazo del cual yo iba cogida lo que me provocaba una tremenda sensación de inseguridad. Es el cuerpo de quien te guía el que da la información (dirección, giros, escalones, etc.) y el de ella se movía como un garbanzo en la boca de un viejo, figúrate para captar las señales a tiempo.
Marta, ¿puedes pararte en una cabina?, necesito hacer una llamada... Y vaya si se paraba, estrellándome en las puertas batientes porque yo no tenía tiempo para reaccionar... Esto al principio me desconcertaba pero finalmente acabábamos riéndonos.
Nos deteníamos a hablar con alguien y tras despedirnos, ella echaba a andar sin mí y podía darse cuenta de ello unos metros más adelante...
También me hizo entablar una cierta amistad con unas cuantas farolas del recorrido habitual. No fue una amistad demasiado violenta, se trató de leves roces y ligeros encontronazos pero si no con todas, llegué a tener contactos con la mayoría.
En el viaje de fin de BUP a Granada estropeé unos zapatos porque la buena de Marta me metió en todos los canales y canalillos del Generalife que por si no lo sabes, están llenos de agua. Bueno, al menos mis pies salieron indemnes...
Marta también tenía una rara y divertida habilidad. Transformaba algo que veía en otra cosa y me la contaba felizmente, hasta que se daba cuenta de que era un error y entonces se partía de risa. Convertía un secador de viaje de pelo en una lata de Coca-Cola, un bulto de ropa en una silla en un gato... Y lo decía tan convencida que el posterior estallido de hilaridad daba con nosotras en el baño más próximo.
Era (como comentó Fénix) de las que te mostraban los interruptores de la luz para que la encendieras y de las que al enseñarle un libro y preguntar “¿qué es?” contestaba sin inmutarse: un libro.
Nuestra amistad estuvo salpicada de cientos de episodios como estos pero que lejos de incomodarme, no sé por qué extraño mecanismo, nos fue uniendo más y más. Supongo que la gran naturalidad con que Marta me trataba y con la que aceptaba sus propios deslices fueron suficientes para sellar la relación que todavía hoy perdura. Y sobre todo su sinceridad, su sensatez, su nivel de empatía. Algunos años después se casó y marchó a vivir a EE.UU de donde ha vuelto recientemente. Ir ahora con ella ya es más seguro, se ve que el par de décadas transcurridas la han serenado.
Gracias por tu amistad, gracias por todos estos años.